Marcel Duchamp, el primer profanador del arte; por Carlos Rey

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                              “Profano –escribe el gran jurista Trebaico- se  dice en sentido propio de aquello que, habiendo sido sagrado o religioso, es restituido al uso y a la propiedad de los hombres”.

       Citado por Agamben en Profanaciones.

A

El arte de la profanación o Duchamp llega al cielo

Cuando en 1917 Marcel Duchamp, bajo el seudónimo de un desconocido R. Mutt, expuso en la Exhibición de los Independientes en Nueva York un mingitorio nadie auguraba un futuro en el Arte para ese objeto. Se trataba –eso se pensó- de una más de esas manifestaciones dadaístas, de moda en la época, que pretendían escandalizar sin apelar al talento. Por suerte la moda pasó, vinieron otras, y aquel ignoto Mutt quedó relegado al olvido.


Tuvieron que pasar varios años para que aquella acción de Duchamp cobrara verdadero sentido. Lo que para algunos era imposible, es decir, que un mingitorio fuera considerado una obra de arte, a partir de los sesenta se lo tomó como paradigma del nuevo arte, un arte fuera de los cánones impuestos por la historia del arte, un arte que ponía en discusión su propia condición de obra de arte.

De Duchamp poco se conocía, salvo sus participaciones como curador de muestras surrealistas. Su aureola se circunscribía a un pequeño grupo de fanáticos. Incluso muchos ignoraban que él había sido el verdadero autor del sacrílego acto de 1917. Ahora este artista de bajo perfil y personalidad retraída era saludado como el iniciador de una nueva era para el arte.

Los profanadores, se cuenta, solían tener, en la antigüedad, una predisposición al encierro. Se sabe que Heróstrato antes de cometer su piromaníaca hazaña paso tres noches encerrado en su casa, quien sabe si asimilando el castigo que le sobrevendría luego. El caso de Duchamp, a pesar de ser más cercano en el tiempo, se encuentra teñido de un halo de misterio que, incluso hoy en día, persiste. Nada se sabe de las horas que preceden a su acto profano. Algunos arguyen que camino a la exposición –en la cual participaría como jurado- se sintió intimidado por un grupo de negros que comenzaron a seguirlo, que caminó para perderlos varias horas por las oscuras calles de una Nueva York que ignoraba, que temió ser asesinado, como sabía le había ocurrido al poeta Poe, que no encontró mejor refugio que meterse en una casa de venta de productos manufacturados, que entabló conversación con el dueño del local, un tal Mutt, quien lo tranquilizó, y el artista para demostrarle su agradecimiento no tuvo mejor idea que comprarle un mingitorio, lo último del mercado. Fuera del local, Duchamp se dirigió a la exposición como lo tenía previsto y una vez dentro del salón colocó en un rincón el artefacto.  

Esta es la versión oficial. Yo, por mi parte, prefiero creer que, como el gran Heróstrato, Duchamp quiso pasar a la posteridad como el hombre más denostado de la historia del arte.  

B

El mingitorio de Duchamp. Una broma santificada

   Que un mingitorio sea considerado hoy una obra de arte no es novedad. El arte ya cuenta en su haber: latas de conserva, jabones, animales disecados e, incluso, mierda de artista. Sin embargo, a diferencia de aquél raro artefacto, éstas últimas obras se encuentran más cercanas a nuestro tiempo, y pertenecen todas ellas a un nuevo discurso del arte que intenta problematizar su propia condición de tal.  

El Mingitorio de Duchamp fue presentado en la primera Exhibición de los Independientes, realizada en Nueva York en 1917 y en la cual el artista francés actuaría como jurado.  Fue firmada conscientemente con seudónimo (R. Mutt) y ante la perplejidad de los organizadores, quienes no se animaron a rechazarla para no ser acusados de detentar la misma política de los Salones oficiales, prefirieron, eso sí, relegarla a un rincón inaccesible para, de alguna manera, proteger al público de tamaña aberración al buen gusto. Duchamp, como no podía ser de otra manera, dimitió como jurado.

Todavía imperaba “el buen gusto”, aunque las primeras vanguardias del siglo XX se encargaron de abrir el concepto de arte hasta fronteras inimaginables para la época, todavía se vivía bajo el yugo de la creatio ex nihilo por parte del artista.

Que un producto fabricado en serie, industrial, cuya función es evacuar los orines de la especie masculina humana, se presente como una obra de arte, a manera de una escultura, llevando como título “Fuente”, no podía ser visto, en esa época, más que como resultado de un acto anarquista por parte de alguien que no debía llamarse “artista”.


Tuvieron que pasar muchos años para que aquella broma se santificara. El mensaje lanzado por Duchamp en la segunda década del siglo XX recién tomó implicancia significativa a partir de los años sesenta, dentro de un nuevo marco discursivo, que tiene al arte contemporáneo problematizando su propio ámbito.

Que un mingitorio, como cualquier cosa, sea considerado hoy una obra de arte es el resultado de un juego de relaciones de sentido que permite entrelazar parentescos con todo un grupo de obras que se mantienen al límite de sus fronteras. Que todo esto sea el resultado de una broma, santificada hoy en día como el comienzo de un nuevo paradigma para el arte, demuestra que las puertas de la eternidad están abiertas para todos.

Carlos Rey (1977, CABA), escritor, repulgador de empanadas y poeta. Publicó Cavidades (2008) y El poeta y yo y otros poemas (2018). Dirige la revista de poesía Katana.

Etiquetas: Duchamp

Debret Viana

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