El mundo es un lugar injusto / por Sol Iannaci

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Te escribo esta carta porque me dijeron que entendés, y escuchás. Te vine a decir algo de lo que quizás ya te hayas dado cuenta mientras mirás el noticiero e intentás fingir apatía o desinterés ante la avalancha de noticias inmundas que te inunda los ojos, o cuando caminás por las calles de donde sea que vivas, yendo a donde sea que vayas, y sos testigo de un gesto de desprecio que te deja un sabor amargo en la boca y en el pecho, como si hubieras tomado un trago de pésimo gusto o tragado apurado y sin masticar. Es probable que no quieras aceptarlo, y sigas esperanzado, mientras algo te grita lo que ya sabés: el mundo es un lugar injusto.
Escribo este mensaje en una botella sin saber nada de vos, y a veces poco de mí. Estamos entrelazados por la desgracia. Habita en todas partes, se presenta en varios rostros, y cada uno lo sobrevive como puede. Todos fracasamos seguido, pero la gracia está en volver a intentar.
Los buenos sufren, los malos a veces triunfan, y triunfan de nuevo, y siguen triunfando. Ves la ciudad empapelada con sus rostros, los escuchás hablar en televisión, son idolatrados por muchísima gente. La gente viraliza basura. Los imbéciles saturan el consumo popular y se llenan los bolsillos o la consciencia de orgullo gracias al intelecto promedio: que es bajo. Quienes deberían causar risa no la causan. Quienes deberían llegar lejos no avanzan. Los que no se merecen nada lo reciben todo. Si hay dos personas, va a sobresalir la menos talentosa. La inteligencia no interesa. Los contenidos vacíos abundan en los medios. Quien realmente tiene algo que aportar no encuentra recepción. El físico importa más que la física. Lo literal sobrepasa en ventas a lo literario. La gente lo quiere todo fácil: existir, luego no pensar. Y quienes toman atajos siniestros a costa de la ética, la moral y de otros, llegan primero. El mundo es un lugar nefasto. Cada vez se lee menos y los libros se llenan de polvo y mueren con historias sin contar. Las calles están peligrosas. Los políticos mienten. Los corazones rotos no hacen ruido y sufren en silencio. Los hombres violan, y matan, y usan, y abusan: pero, en defensa de ellos, pobres, no se los deja llorar. El enamoramiento se volvió poco romántico, superficial, y nadie quiere conocer a nadie. El sexo no es tabú: los sentimientos lo son. Los compromisos están mal vistos. Las series de moda apestan. La música popular no tiene mensaje. Los valores decrecen. Los hombres abandonan a sus hijos. Existen niños que son criados sin saber lo que es sentirse queridos. Y hay violencia intrafamiliar. Ya nadie se hace preguntas existenciales. Del arte casi nunca se puede vivir, aunque pareciera ser la única cosa que tiene sentido en este mundo absurdo. Los videos sexualizan a las mujeres. La adopción sigue sin ser la única vía posible para tener mascotas. Nos venden basura y el consumismo nos obliga a comprarla. Hay seres inhumanos que abandonan a sus perros o gatos: convivimos con ellos. Pueden ser nuestros vecinos. La gente grita para no hablar, y habla para no escuchar, o escucha para contestar. Las personas piensan que van a encontrar más ayuda en la autoayuda que en una buena ficción. Las personas quieren respuestas fáciles: no preguntas. Salidas temporarias, no despertar. El celular es adictivo pero nadie se comunica con nadie: nadie sabe hacerlo. Las guerras se multiplican, el individualismo nos invade, y un plato de comida o un techo que los proteja de la lluvia es un privilegio al que muchos no pueden acceder.
El mundo es un lugar horrible e injusto, casi siempre, una y todas las veces. Aunque nos llenemos de esperanza, juguemos a olvidarlo, o tengamos fe de que el karma existe, de que lo que damos vuelve, de que el mal es siempre retribuido.
Y cuando creemos haber recibido justicia divina, en realidad fue una pura casualidad.
No quiero sonar catastrófica, solo sincera: hay una esperanza. Quizás todo lo que importa es amar. Y cuánto amamos. Y cómo amamos. Quizás todo lo que uno pueda hacer en un campo de batalla tan arduo es intentar amar: es en ese rincón dentro nuestro en el que la desgracia no tiene la llave. Es ahí, y en ningún otro lado, en donde deberíamos sentirnos resguardados. Amar y tener la certeza de estar en un lugar tan oscuro, sintiendo solo amor.
Ahora voy a doblar este mensaje y a lanzarlo lejos de mí. A arrojarlo y rogar que te encuentre. Y que no te enojes cuando lo leas. Quizás todo lo que haya que hacer es aceptarlo cuanto antes y emprenderse en la tarea de sobrellevarlo: en dejar que el amor nos encuentre en cada pequeño acto de bondad, en cada gesto dulce, en cada palabra amable. En apreciarlo y valorarlo como si no abundara.
Porque no abunda. Ni acá ni allá, donde quiera que sea allá.
Pero te lo prometo: existe.

Etiquetas: Sol Iannaci

Debret Viana

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