Hablar y decir en el poeta / por Carlos Rey

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Continuación de Kafka y la sinceridad
Lo que el artista quiera decir nunca
lo dirá con su propia lengua.

¿Decir qué, por qué, para quién? Sobre todo: ¿decir cómo? El cómo no simplemente se vería reducido a la preocupación, a la pregunta por la cuestión de la forma, desde su confusión y reducción, la mayoría de las veces, al manejo de una técnica y un instrumento; sino el cómo fundamentalmente como un comenzar el hundimiento en la búsqueda de precisión.

El cómo siempre tiene la forma del fracaso. El cómo como principio de soledad, no un como si, sino un como nadie, un como nunca. Y, ante todo, el cómo, el cómo decir, es pregunta, interrogación cercana al ruego, buscando un habla, una voz para decir-se, para hablar-se cuando la nada –el silencio que ensordece, el del mundo, que apabulla y deja atónito- acecha; y el poeta sólo tiene su decir, que es su lengua, su lenguaje, por ser un decir propio, encerrado todavía en lo propio y como tal no decir de la obra, y este decir, el del poeta, que todavía no es el decir de la obra, este decir, decimos, el del poeta, que carga con el peso de una existencia, distinción que lo hace singular y único, encerrado en un aquí y ahora, es un decir que cobra sentido, como expresión, en lo dicho.

Lo dicho es lo que ha sido pronunciado una vez. El artista pronuncia su decir una vez. Su tiempo es el tiempo de un instante. Una vez –aquí se nos muestra la memoria, la memoria del hombre que es el poeta y no al revés; el una vez, lo dicho, la memoria, tiene que entenderse como la expresión de una existencia singular y única. Por eso el poeta nunca es el más indicado para “ver” su obra. Ante todo lo que se le muestra delante de sus ojos es su vida, y en cuanto tal se concentra y se cierra en su vida, en lo propio de su vida, en línea directa con lo que se le muestra de la obra, mostración que se le hace presente en forma de memoria, de acontecimiento único y singular, y, sin embargo, nunca autónomo, nunca dominado, sujetado, controlado en todos sus detalles. Por eso tiene sentido la entrega, su entrega, su donación en busca de la obra, de aquella obra no dominada, no sujetada, no controlada, y siempre despedida hacia un tiempo que no es el tiempo del poeta, pero, cargando, sin embargo, con él, por haber sido entregado, donado en la búsqueda de la obra.

Y surge ahora la pregunta: ¿qué es lo que el poeta busca en la obra?

Busca su propio decir en el habla de la obra y tal búsqueda prueba que el decir del poeta adquiere sentido, es decir, dirección, únicamente en el habla de la obra. Sólo de esta manera el decir del poeta puede salir de su acto personal y voluntario y quedar dispersado en la no-voluntad de la obra. El poeta sincero sabe que sólo su decir cobra sentido, en cuanto dirección, si logra ser expresado en el tiempo de la obra, un decir hecho habla en la obra y por la obra. Por lo tanto, con quien entra en comunicación el poeta es con la obra y nunca con ese lector que, sin embargo, imagina, proyecta, espera, como esperanza, pero sin dejar de ser, en definitiva, un personaje más de su mundo imaginario. Y lo mismo ocurre con el lector que considera que el conocer los pormenores de la vida del poeta le asegurará el contacto con la obra, algo por demás dudoso. Porque la obra actúa como nexo, pero al mismo tiempo, se convierte en separación entre ambos tiempos, por no consentir ambos tiempos, sino en tanto su propio tiempo. La obra, entonces, sería la verdadera fuente de diálogo, un diálogo siempre al límite de su pronunciación y en su propio idioma, no sujeto a las palabras, al menos las pronunciadas en voz alta y que mueren al terminar su sonido, un diálogo dado en su propio tiempo y sujeto a un tiempo propio.

Abordemos el asunto desde otro costado.

El poeta no conoce la palabra que desea pronunciar, aunque tenga muchas cosas para decir, porque lo dicho por el poeta no siempre se corresponde con el habla de la obra. En consecuencia, la obra se convierte en búsqueda de esa palabra perdida, envuelta en un decir sin aliento, sin destino, porque el decir del poeta, del artista, se encuentra, todavía, encerrado en un sí mismo, en una mudez personalísima, con sentido para sí mismo, pero no siendo todavía palabra hablada para la obra.
El decir del poeta cobra su verdadero sentido cuando logra alcanzar su acento en el habla de la obra. Cuando logra confundirse en ese habla, cuando se ha olvidado de sí en busca de la obra, del habla de la obra, no siendo otra, en el fondo, que su habla, la buscada por el poeta, habla maldita, errante, por pertenecer a otro, no totalmente, no completamente.

Hallar tal habla de la obra significaría para el poeta encontrar la pronunciación de su decir en cuanto revelación de la palabra buscada en la obra. Por lo tanto, cobraría sentido su decir sólo en cuanto la obra hace de ese su decir su propia voz como habla, y, ahora, surge, ante nosotros, se muestra, entre el hablar y el decir, para el poeta sincero, entregado al tiempo de la obra desde su propio tiempo de artista, se abre una grieta, un abismo, la extremidad de lo no pronunciable, que exige silencio, atención y esmero.

Todo aquello que el poeta quiere decir debe saber callarlo al momento en que ha atendido al habla de la obra. El silencio que promueve es en favor del habla de la obra, no distinta, en su fondo y desde lo esencial, del decir que impulsó, como voluntad, la acción creadora del poeta. Porque el poeta también se busca en la obra, él también busca su habla, su verdadera habla, más allá de lo dicho, lo pronunciado, lo afirmado, y la busca siempre como pregunta, como pregunta abierta y disparada hacia un otro, requiriendo siempre, como esperanza, la intervención de uno como un otro. En consecuencia, el decir del poeta sería un decir orientado a encontrar su voz en la obra, en definitiva, un encontrarse como palabra hablada. Y es en este encontrarse en la voz de la obra donde el decir puede salir de ese centro gravitatorio del sí mismo, y saltar el peligro del enmudecimiento, del para sí y único. Porque el habla de la obra siempre es habla trascendente, disparada a un por venir siempre distante, pero nunca lo suficiente, un habla en espera de un otro que atienda a su oído, que atienda a esa palabra siempre al límite de su pronunciación, por haber nacido al límite, replegándose siempre en su carácter interno. De alguna manera, la obra se hace eco del decir del poeta, un decir que busca en el fondo (que no es el origen) su habla en la obra, por eso tiene sentido, aquí, hablar de “eco”, más allá de su significado metafórico, porque el “eco” se presenta como retorno, desde un fondo (que no es el origen), de la voz que vuelve siendo otra, volviendo, en su retornar, como habla, resonando, repercutiendo, resintiendo –no diremos con nuevo sentido, sino con sentido, con dirección, dirigida, incontrolada, hacia un lugar que no es el mismo lugar, sino siempre un lugar otro, siempre un lugar más allá, distante, lejano, pero posible.

 

Carlos Rey (1977, CABA), escritor, padre, cómplice de sanguijuelas  y poeta. Publicó Cavidades (2008) y El poeta y yo y otros poemas (2018). Dirige la revista de poesía Katana.

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Debret Viana

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